20 DE MAYO


DIAS DE MENTA Y CANELA
Carmen Santos
2009

“Creo que los españoles somos reacios a recordar que no hace tanto años, éramos nosotros los que debíamos emigrar para poder salir adelante. Es como si ahora que vivimos bien, consumimos como si nos hubiéramos vuelto locos y nos hemos convertido en receptores de inmigrantes, nos diera vergüenza recordar que España siempre fue un país del que la gente emigraba a América, o a la Europa rica en los años sesenta, para poder comer de caliente”
Asi se manifestaba la autora en una entrevista a propósito de este libro en el que nos cuenta la historia de Clara Rosell y de Hector Laborda. Clara Rosell es una valenciana felizmente casada con Emilio (un abogado ya algo fondón, que fuera en el pasado novio de su hermana Anita) y madre de dos hijos (tipo Zipi y Zape), decide volver a trabajar incorporándose a la redacción de un periódico sin tener experiencia alguna en la materia, lo que le crea grandes inseguridades.

Una noticia en internet atrae su atención: la muerte de un emigrante español, Héctor Laborda, en la localidad de Düsseldorf, ciudad alemana en el que, junto con su familia, nuestra protagonista pasara sus años de emigrante. La imagen de este español, viejo, sólo, y rodeado de curiosos recuerdos de otra época, como una botella de Fundador y una raída Biblia abierta por un durísimo salmo, y sus propios recuerdos de niña emigrante, será lo que le haga intuir que detrás de todo ello puede haber una buena historia.
Y la hay. 
Animada por su esposo, convence a su jefe y viaja a Düsseldorf acompañada de Héctor, un empresario zaragozano, hijo del fallecido, y hasta el que le ha llevado el inicio de su investigación. No es ajeno al interés de Clara el hecho de haber vivido parte de su infancia precisamente en Düsseldorf, junto a su familia. Su padre también emigró en busca de sustento y un mejor futuro para los suyos.

En Düsseldorf conoceremos a un curioso y viejo jesuita, Antonio Vargas, amigo del fallecido y a Elke, la mujer por la que Héctor (padre) renunció a su esposa y a su hijo. Gracias a ellos nuestra protagonista podrá ir formando el puzzle de la vida del difunto Héctor.

Gracias a ellos conocerán parte de los misterios que envolvieron la vida de Héctor y deberán averiguar por su cuenta las restantes piezas. Finalmente, la intriga se resuelve; Clara y su acompañante reconstruyen los terribles sucesos que golpearon a Héctor y que le llevaron a una vida de desolación y a la muerte en la más absoluta soledad.

Claro que los investigadores aficionados tendrán tiempo para enredarse en un complejo juego que parte del coqueteo y continua con la pasión enfebrecida de quienes tratan de anteponer su deber de fidelidad a sus deseos. Habrá que leer el libro para saber que pasa al final entre ellos. 

"Carmen Santos logra trasladarnos la angustia de esa vida alejada de la patria, que embalsama el recuerdo de sus costumbres y rectos principios junto con buenas dosis de distorsión para defenderse de un modo de vida extranjero, olvidando que el mundo sigue girando, incluso para aquella España aislada y monolítica en apariencia. Una vida en la que los tópicos (el sol, el autogiro, el submarino, el éxito de Massiel en Eurovisión) son muestras del genio hispano y en la que aquello en lo que no se despunta se atribuye a la envidia, al complot extranjero. 
Es el drama de la emigración uno de los ejes vertebradores de Días de menta y canela asomándonos a una parte de nuestra historia que no parece haber tenido mucho eco en el cine o en la Literatura, ni tan siquiera en estudios académicos. Una etapa que según la autora, se olvida por vergüenza, por no recordar que en aquella época muchos españoles tuvieron que salir fuera de su país, con pobres maletas de cartón, para ganar el pan que no podían lograr en su país. Y con sus remesas contribuyeron también al desarrollo de una España que ya apenas reconocerían a su regreso. 

Huyeron del hambre y la penuria pero volvieron (los que lo hicieron) a una España que se parecía más (salvo en lo político) a Alemania o a Suiza que lo que habrían podido imaginar; a una España en la que los pueblos de pescadores se habían convertido en paraísos para el turismo y donde las descocadas extranjeras podían exhibirse igual de frescas que en sus países sin que las autoridades lo impidieran. Condenados, por tanto a ser ya extranjeros en cualquier lugar del mundo. Pero quizá el motivo de este olvido sea también el de no mirar de frente el mismo drama que hoy se vive en nuestras calles, el de los emigrantes que aquí vienen con la misma intención que la de aquellos que se fueron. Y no basta afirmar, como hace el padre de Clara en un pasaje de la novela, esa idea de que “los de ahora vienen sin papeles”, pues la motivación que les mueve es la misma y frente a ella no hay traba burocrática que se interponga. Y Días de canela y menta también nos abre a la reflexión sobre los motivos para la falta de integración. 
Pensemos en por qué nos parece tan divertida la escena en la que Massiel se impone a Cliff Richard o en el rechazo que los cuadraos -perdón, los alemanes- inspiran en el padre de Clara, el escondido desprecio mezclado con cierto complejo de inferioridad; y sin embargo, cómo exigimos que otros adopten nuestras constumbres y renuncien a las suyas. No es fácil hallar un término medio, quizá no lo haya, pero comprender la razón del otro es un paso y empatizar con nuestros compatriotas emigrados de aquella época es un buen comienzo"
Tomado de alguna parte de la que he perdido referencia. 

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